PESADILLA EN LA NIEBLA
(21-01-06) Diego Asensio Sánchez
Era una noche gélida y nublosa de enero, el viejo Jimmy conducía con gran dificultad debido al espesor de la niebla que hacía imposible la visibilidad. Llegando casi a nuestro hogar, creímos oír un extraño ruido que nos causó un gran estupor. Jimmy apagó el motor pero dejó los faros del coche encendidos para comprobar que había sucedido. De repente, una fantasmagórica sombra surgió de la nada. El pobre Jimmy entró en un estado tal, que parecía poseído por aquel ser. Yo, temblando de frío y miedo, intenté tratar con aquel extraño se mientras Jimmy recuperaba el aliento, pero desapareció fugazmente.
Por la noche, ya en el interior de la casa, todo el mundo formaba corrillos y hablaba de lo sucedido con gran temor, por si ese ser los estuviese escuchando y volviese a aparecer. Yo subí a mi cámara, que se encontraba en el piso de arriba, donde también estaban las estancias de mis hijos. Mi mujer, por entonces, ya llevaba un tiempo dormida. Al cabo de un rato, los demás se fueron a sus respectivos dormitorios que se encontraban en el piso inferior. Parecía que todo había sido un mal sueño y que por fin reinaba la paz y la tranquilidad en el edificio. Pero sólo era un espejismo soñado. Cuando ya casi había conciliado el sueño, oí unos gritos provenientes del piso inferior. Era Marcus, nuestro jardinero, temblando y sudando torrencialmente. Tenía los ojos rojos y desencajados. Le pregunté qué había sucedido y como pudo dijo: “La… La sombra… la he visto”.
Yo, bajé al sótano, donde guardaba entre otros enseres un candil con cuya tenue luz me dirigí hacia el camino. Cuando me encontraba a mitad de éste, más o menos, pude distinguir en la lejanía, apoyados en la valla, gran cantidad de cuervos y aves de la noche como búhos y lechuzas que parecían vigilarlo todo desde lo alto del tejado de la casa, pero de aquella sombra nada supe.
Volví al sótano y empecé a rebuscar, sin saber muy bien que hacía, ni que era lo que me movía a ello y entre otros objetos hallé un álbum de fotos antiguas del que jamás antes me había percatado. Comencé a hojear el álbum, con gran estupor pude comprobar que se trataba de un álbum de difuntos, de esos que se hacían antiguamente, pues en todas las fotos, las personas estaban con los ojos cerrados y el rostro pálido. Oculté el álbum como medida de seguridad y me fui a dormir.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, lo primero que hice, fue comprobar si el álbum seguía donde yo lo dejé, y allí estaba. Cuando me disponía a llamar a Tania, la cocinera, para que me preparase mi desayuno como hacía siempre, cual fue mi sorpresa al descubrir que yacía pálida y con el cuerpo ensangrentado en su lecho. La bestia, no cabe duda había actuado y desatado su furia. Intenté tranquilizarme escuchando un poco de música, pero eso no hizo más que empeorar mi estado, puesto que lo que oí, no era una hermosa melodía, sino unas extrañas voces que decían: “Moriréis, moriréis todos, no os librareis de mí tan fácilmente”.
Cuando me recuperé del susto, me preparé yo mismo el desayuno, y al cabo de media hora más o menos, me dirigí al jardín donde estaba Marcus, algo más tranquilo. Eso me hizo sospechar de él, aunque no dije nada, le saludé sin más, como hacía siempre y recogí unas flores para dárselas a mi mujer que se acababa de levantar. Le preparé el desayuno y le conté lo sucedido. Se quedó petrificada. Mis hijos todavía dormían, ajenos a todo lo que estaba sucediendo.
De repente, empecé a recordar viejas historias que yo siempre había tomado por leyendas urbanas, pero que ahora empezaban a cobrar sentido. Hablaban de un antiguo cementerio que debía estar situado no muy lejos de nuestra casa. Quizás, la casa había sido construida sobre ese cementerio y las almas de los difuntos estaban atrapadas entre muros para ellos desconocidos y lo que querían, era descansar en paz.
Decidí llamar a unos amigos fieles y comenzar la búsqueda del sacro santuario a la vez que mandé a un cura para que bendijese la casa y así la protegiera del maligno. Cualquier pista que obtuviésemos aliviaría en gran medida mi castigado corazón. Optamos por dividirnos y buscar por separado para así, batir más rápidamente el terreno y si alguien percibía algo, haría señales y los demás acudiríamos al lugar indicado. Thomas empezó buscando por el jardín y Giancarlo y yo rastreamos los alrededores del lago. Apenas habíamos empezado a buscar, cuando Thomas hizo una señal. Acudimos de inmediato al jardín y descubrimos unas tumbas que habían sido cubiertas con hojín. Mis sospechas acerca de Marcus, el jardinero, se confirmaban. Él sabía de la existencia del cementerio y lo había estado ocultado durante todo este tiempo.
Intenté localizarlo, pero todos mis esfuerzos, fueron nulos. Como si él y esa sombra fueran uno mismo.
Pasó un tiempo en aparente tranquilidad, sin ningún sobresalto. Todos nos dedicábamos a nuestras actividades como solíamos hacer y no volvimos a saber nada de ese extraño ser, ni de la ausencia de Marcus. Tanta normalidad, me causaba una extraña sensación, como si percibiese que la sombra iba a volver a actuar dentro de poco. Y así fue, en el día de Todos Los Santos, la sombra volvió a actuar. Esta vez, no fue tan piadosa como la vez anterior. Desató toda su maldad, actuando de noche, como en ella era habitual y causó la muerte de todo el servicio.
Marcus, seguía sin aparecer o quizás estábamos más cerca de él de lo que nos podíamos imaginar. ¿Y si Marcus fuese la sombra que causaba todo el mal? Esta idea cobraba cada vez más fuerza en mi cabeza.
¿Qué movía a la sombra a actuar? ¿Por qué ahora? Sin duda, alguien la había despertado de su letargo. Pero… ¿Por qué? ¿Qué interés oculto había para provocar tanto mal? Mi cabeza se empezaba a ver asaltada por gran cantidad de dudas.
Cogí de nuevo el álbum de fotos que ya tenía casi por olvidado y empecé a observarlo detenidamente. En él, se podían ver niños, ancianos, familias enteras y… al llegar a la última página, vi que quedaban sitios libres. Esos huecos, ¿estarían destinados a mi y a mi familia? Esta duda me producía escalofríos. Entonces pensé, ¿y si no estuviésemos vivos? ¿Y si este ser, sólo quisiese comunicarse con nosotros y advertirnos de nuestra propia muerte? No sé por que razón, me vino a la memoria un día de abril en el que yo, estaba jugando con mis hijos con unas almohadas en casa y no sé cómo, los asfixié. Había intentado olvidar esto durante mucho tiempo pero no pude.
Empezaba a entender de qué iba todo esto. Aquella tarde, cuando jugaba con mis hijos, yo mismo les causé la muerte. De inmediato, subí a sus habitaciones y les dije: “Ya se ha acabado todo, por fin podremos descansar todos en paz, lo siento”. Todo se debía sin duda a aquella tarde de abril.
El álbum estaba completo. La casa se puso a la venta, aunque difícilmente alguien la compraría, sabiendo lo que allí había sucedido.
De la sombra, nada se supo de nuevo. Seguramente, marchó a otro lugar a recordar que algo no iba bien, ya que aquí había acabado su trabajo.
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