viernes, 11 de junio de 2010

GAME OVER

GAME OVER
(24-04-06) Diego Asensio Sánchez
Era una tarde lluviosa de abril y empezaba a anochecer. Habíamos pasado una mañana agradable en el campo, en plan aventura y cuando nos disponíamos a volver, nos desorientamos y acabamos adentrándonos en un denso bosque.
La lluvia nos sorprendió a todos y la humedad del ambiente empeoraba la situación, ya que el frío se nos colaba entre los huesos. Seguíamos caminando entre la espesura, sin un rumbo fijo y sin saber a donde llegaríamos.
Pasaron varias horas de tortuoso deambular y cuando nuestras fuerzas empezaban a flaquear y pensábamos en abandonar toda esperanza de llegar a algún sitio donde nos pudiésemos cobijar y resguardar de la lluvia, de repente… llegamos a un claro y pudimos ver, como si de un espejismos se tratase, una casa en la lejanía.
Las pocas fuerzas que nos quedaban las empleamos en llegar a aquella casa, situada entre dos colinas y de apariencia algo extraña, sin pensar si sería un buen lugar. Pensábamos que estaría abandonada, pero cuando nos encontrábamos más próximos a la casa, vimos salir humo de la chimenea y deducimos que alguien estaría prendiendo leña para hacer una buena lumbre y calentar así la casa.
Corrimos los últimos metros hasta llegar a la entrada, con la única idea en la cabeza de poder tomar algo caliente, como una sopa o algo semejante y de poder secarnos las ropas y pasar allí la noche y volver a emprender la marcha por la mañana.
Allí, inmóvil y con cierto aire desafiante nos esperaba un hombre de apariencia mayor, robusto y en el que se apreciaba el paso del tiempo, bien flanqueado por sus perros que parecían esperar una orden de su dueño para atacar y con una escopeta preparada por si fuera menester. Ante esta situación, comenzamos a dudar si sería buena idea seguir en aquellas tierras, pero con el poco valor que nos quedaba y muy temerosos nos decidimos a contarle nuestra historia. El hombre, para alivio y consuelo nuestro, accedió a dejarnos pasar allí la noche, en su casa, aunque en ningún momento se desentendió de la escopeta y de los perros que siempre estaban a su lado, como si fuesen la única compañía que tenía o en lo único que confiaba.
La casa era bastante grande para una sola persona y la única compañía de dos cánidos. Tenía un salón repleto de fotos antiguas y de muchos objetos que se podrían considerar casi reliquias de tiempos pasados. Me llamó la atención en especial una pequeña caja de música y una radio bastante antigua y de la que dudé si tendría otra utilidad distinta de la de mero objeto decorativo. A continuación, se podía ver una pequeña cocina con un horno que parecía seguir en uso y una alacena en la que había todo tipo de conservas. También había una pequeña mesa de madera y unas banquetas que parecían haber sido hechas a mano, a parte de los típicos utensilios de cocina, tales como cazos, pucheros, etc., todos de latón y hierro. No sé por qué razón, volví al salón y fijé la mirada en aquella cajita de música, tenía algo, como si detrás de ella hubiera una historia que yo desconocía y no sabría nunca. En un vistazo rápido al salón, pude observar que en el centro había una gran mesa de madera con un pie muy recargado y muchas sillas también de madera. La chimenea se encontraba a mano derecha según entrabas a la estancia y la repisa poseía gran cantidad de lo que sin duda habían sido recuerdos de otra época.
El resto de las paredes estaban adornadas con objetos tales como cabezas de ciervos, renos, osos, ginetas enteras disecada… lo que me hizo pensar que este hombre había sido un gran cazador en su juventud. Del mismo salón, salían unas escaleras metálicas en forma de caracola que conducían a las cámaras en las que sin duda nos alojaríamos nosotros aquella noche y un pequeño cuarto de baño, que constaba de un pequeño lavabo, así como de bidé y una pequeña ducha. Los grifos eran dorados y bastante recargados. También había un espejo en la pared de gran tamaño y con el marco de hierro forjado. Esta estancia se iluminaba con unos farolillos en forma de campanillas. En total había cuatro dormitorios. Todos ellos con camas bastante grandes y confortables, unos armarios hechos a mano de madera noble que sin duda habrían supuesto un gran esfuerzo a quien los hiciese. Los cabeceros de las camas eran de hierro forjado y tenían motivos florales y otros como hojas de parras. Las cortinas eran de color hueso y tenían una gran caída. Las ventanas abrían hacia adentro y estaban reforzadas con unas verjas de hierro forjado pintadas en negro. Esto se completaba con unas mesitas de noche y unas lamparitas. El exterior estaba rodeado por un seto de gran espesor que aislaba la casa de cualquier contacto humano. Después de esta inspección nos dispusimos a dormir y a intentar descansar.
Pasamos la noche en apariencia tranquila, aunque a mi me pareció oír algunos ruidos instándome a hacer algo que yo no quería como era matar a mis compañeros de aventura y amigos. Decidí no prestar atención a aquello y pensar que todo era producto de mi cabeza debido al cansancio que tenía acumulado tras la situación en la que me veía envuelto. No pude aguantar mucho el hacer como si esa voz no existiese, ya que cada vez, la oía más nítida y con mayor fuerza y me costaba más controlarla y acallarla o decirle que me dejara en paz, que yo nunca llevaría a cabo tal tarea impía y que se buscase otra persona a la que atormentar.
Bajamos a desayunar y con la voz entrecortada le comenté lo que yo creía que había sido una pesadilla a mis amigos, intentando de esa manera tranquilizar mi ánimo, aunque yo sabía que eso no iba a suceder y que al final debería llevar a cabo aquellas órdenes mandadas por demonio desde el mismísimo infierno.
Subí las viejas escaleras y tras cada paso que daba se oía un agudo quejido que me estremecía. Empecé a buscar algo que sirviera para llevar a cabo la tarea que se me había impuesto. Pensé en simularlo y ayudarles a escapar, pero el viejo como si supiese cuales eran mis intenciones, soltó a las bestias que tenía por compañeras y éstas acabaron con mis compañeros, yo a duras penas pude escapar ya que el viejo empezó a disparar su escopeta con los ojos ensangrentados de la ira. Cuando me pude escapar de aquel terrorífico lugar y por fin llegar a mi hogar y sentir el verdadero calor de la lumbre, empecé a tranquilizarme y me repuse por completo al descubrir que todo había sido una pesadilla producida por las altas fiebres que estaba padeciendo. De todas formas, llamé a mis amigos y al ver que me cogieron el teléfono, descubrí que todo había sido una alucinación mía. Fui ingresado en un hospital geriátrico debido a los trastornos cerebrales que había estado padeciendo y allí permanecí y seguí escribiendo historias hasta el fin de mis días.

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